Como dije ayer, iba a escribir sobre un tema molón con diferencia: las pintadas en los baños de la facultad. Esas tan maravillosas de “Mi novio me se ha liado con otra, tía, ¿Qué hago ahora?” y una lista de 20 respuestas diferentes, escritas por diferentes personas, proponiendo cosas del estilo de… “liate con su mejor amigo” o “hazle una mamada y muerdesela” o siendo originales “liate con su mejor amigo delante suyo y de todo el grupo de sus amigos” Que aquí pienso yo que habría que preguntar también al amigo ¿no? Digo, que igual no le apetece, y te has quedado ahí tú, todo chafada con cara de tonta, después de diseñar tu magnífica estrategia con la ayuda de todas las tipas que mean (y/o cagan) de la facultad. Pero siempre está la simpática comeflores, que termina la lista con un maravilloso “Olvidate de él sin venganzas: serás feliz y esa será tu mayor recompensa”.
Bueno, repito que iba a escribir sobre las pintadas del baño. Que son muchas. Pero es que en las 5 horas que he dormido (para cumplir las otras tantas que tengo que estudiar hoy) he soñado que me cargaba a un tipo. Y la verdad es que tenía su gracia. Así que el tema de los baños se me ha quedado un poco desfasado. Lo retomamos otro día Irene
El caso es que tiene gracia, por que yo estoy casi segura que no es la primera vez que lo sueño. Pero esta ha tenido otros matices, no sé… Alguien me había mandado a matar a un tipo, que estaba ahí, tranquilamente en la silla de su despacho, y el tipo era amable, era incluso simpático (aunque yo sabía que en el fondo era un hijodeputa) y llegaba yo ahí, con una pistola muy negra y muy grande y me intentaba poner firme: disparar a la cabeza y acabar cuanto antes. Pero resultaba que justo cuando pegaba el primer disparo me daba cuenta de que se les había olvidado enseñarme a disparar: no tenía puntería. Y pegaba un tiro a la ventana, otro al cacharro de los lápices, otro a un macetero… Y, entonces, él pillaba su pistola (obviamente, en el sueño todo el mundo tenía una) y me empezaba a disparar vacilándome, que si a los pliegues de la ropa, que si a la gorra, a la pared que tenía justo detrás… así, demostrándome que él si tenía punteria, que yo no le asustaba: de hecho, me hablaba de una forma que parecía que yo le producía ternura.
Así que me concentraba muy mucho, y apuntaba mirando por una mirilla que le había salido de pronto a la pistola, muy muy concentrada, durante mucho rato. Mientras, obsviamente, él seguía disparándome, pero a mi me daba igual, porque pensaba que, total, la muerte era una experiencia que aún no había probado, y que igual no era para tanto, o incluso me gustaba. Así que probaba con la suya: Le apuntaba a la barbilla y apretaba el gatillo.
Justo cuando ya pensaba que no había acertado, el tipo ponía una cara de entre angustia y sorpresa bastante indescriptible y se tocaba el punto carnoso que está justo entre el cuello y la clavícula: un agujero del que apenas si salía sangre indicaba que había acertado. Me pedía que llamase a una ambulancia, sabiendo que se estaba muriendo, pero sin ponerle tampoco mucho énfasis, y yo dudaba un rato, pero luego reflexionaba “pero si le he disparao para matarle que coño voy a llamar ahora a una ambulancia” y me piraba, no sin una sensación un tanto agridulce en el cuerpo…
CONCLUSIÓN: las épocas de exámenes deberían estar prohibidas. Me vuelvo con mi estudio sobre los partidos políticos.